Dúo, de Colette
DÚO, DE COLETTE
Aunque Colette haya sido educada en la Francia decimonónica, su estilo contrasta con la literatura de sus contemporáneos por tener una gran personalidad, poco entendida por parte de la crítica. No es fácil enmarcar la obra dentro de un género en particular. Sin embargo, ha marcado un antes y después en la literatura francesa. A lo largo de su trayectoria literaria ha recibido feroces críticas y, solamente, al final de su vida se ha reconocido su valor de escritura por parte de la sociedad francesa. Sobre todo, las críticas se enfocaron en los episodios de su vida que se consideraron provocadoras para la época. Sin embargo, algunas autores como Proust y Mauriac colocaron desde el inicio su obra entre los grandes escritores de su tiempo. Los estudiosos que han analizado la obra de Colette mencionan que su actitud libre y libertaria fue la causa de que tuviera problemas en la primera parte de su etapa como escritora. Igualmente, los estudiosos están de acuerdo en que Colette crea un estilo personal y original partiendo de una experiencia de vida particular alejada de cualquier movimiento feminista o corriente literaria (Leguen, 2007: 179-180).
Esta novela fué publicada en París en 1934. Concretamente, su obra está publicada en París en la colección de la Pléiade en cuatro tomos (íbid.: 180). Según se indica en las anotaciones del la novela (Colette, 2010), en la banda publicitaria de la edición francesa de esta novela aparecía una interrogación retórica sobre el título de la obra: ¿Dúo o Duelo? . Posiblemente, esta interrogación ponían en cuestión el dúo matrimonial que aparecía en la novelas, pues tenía más que ver con el duelo que un dúo. Colette quizá emplea esta palabra de una forma irónica para burlarse de la institución matrimonial.
La novela no goza de un argumento complejo. Se narran las vivencias de un matrimonio infeliz e infiel que sufre de problemas económicos. Todo esto ocurre en Cansac, en la villa donde pasan las vacaciones. Los protagonistas principales son Michel y Alice, una dúo incompatible según el modelo canónico o tradicional. Asimismo, María es según la narradora la perfecta representante de «la nodriza del señor», que como testigo observa los problemas que acaecen en la casa entre el matrimonio. Frente a estos personajes centrales aparecen en la trama de la novela figuras secundarias e importantes como Ambrogio. Alice comete una infidelidad con este último y no se siente culpable de este hecho sino que poco a poco le va diciendo su cometido a su esposo con el fin de liberarse de la carga del matrimonio. En general, a través de descripciones del pensamiento y de los paisajes que rodean a los personajes centrales se transmiten las sensaciones, placeres y dolores que sufren los protagonistas para que el lector experimente en carne viva los problemas que afectan al matrimonio. Se retratan de una forma muy directa los celos, la infidelidad, las culpas, la fatiga del amor o la búsqueda de placer.
Todas estas acciones no se describen al azar, sino que Colette elige y selecciona las palabras de forma premeditada para conseguir su ideal o su fin con respecto al lector. Como menciona (Leguen, 2007: 180), «hablar de la obra de Colette es hablar de la intencionalidad de los sentidos, de su realidad literaria, de la calidad formal de la obra». Hace uso de la gourmandise phonétique para despertar los estados a partir de la musicalidad fonética de las palabras y para transmitir el poder evocativo e invocativo de las palabras y las descripciones paisajísticas en los lectores (íbid.: 180). Podemos decir que todas estas descripciones se deben a su gusto por los vocablos desconocidos que utiliza sin saber y que elige por su sonoridad; a su gusto por los vinos y los alimentos más diversos heredados de su padre, que repletan toda sus obras de los sabores más refinados y de la voluptuosidad de los olores. Igualmente, en aquella época, en el siglo XIX, florecía el gusto por los fogones por parte de escritores famosos como Alejandro Dumas padre, George Sand, así como de los autores románticos franceses como Mérimée o Théophile Gautier que describieron los alimentos de España en sus viajes. Estas influencias son reconocibles en las descripciones de los paisajes psicológicos y físicos de los personajes, como en las descripciones del campo de Cransac (íbid.: 181-182).Es decir, Colette deja desnudo sus pensamientos a partir de la sinestesia, la sinéresis y las metáforas paisajísticas (Colette, 2010: 5).
Uno y otro se prestaban a aquellos renacimientos de la pasión, regalos del azar, del viaje, de una estación bruscamente despertada. Llegados la víspera, bajo una tempestad primaveral, encontraron en Cransac la lluvia, el sol poniente, un arco iris encima del río, las pesadas lilas, la luna que se alzaba en un cielo verde, unos pequeños y brillantes sapos bajo los escalones de la escalinata, y durante la noche oyeron caer, de lo alto del oquedal, los chaparrones retardados y los cantos de los ruiseñores en anchas gotas…
Como vemos, en las descripciones «Colette coge el universo conocido y lo decapa; parte de lo conocido y añade nuevas capas de sensación» (Leguen, 2007: 183). Podemos decir que toda la novela es una sucesión de descripciones de paisajes y estados psicológicos de los personajes centrales. Al principio estas descripciones son más ligeras y más agradables. Se comienza describiendo tanto a los propios personajes como el paisaje que les rodea («El experimentaba un inagotable placer al constatar que los ojos de Alice y su boca, dilatados por la sonrisa, se tornaban casi iguales y de forma muy semejante»/ «El, más que ella hacía uso de una seducción totalmente física, de una juventud en los gestos que provenía de dos o tres oficios que había ejercido y donde es preciso gustar a mujeres y a hombres») (2010: 4), pero poco a poco estas descripciones van tomando un tono más dramático, adelantando el final trágico, el suicidio de Michel (íbid.: 29):
Para evitar el chirrido de las puertas, franqueó, haciendo un esfuerzo, el balcón. "Como un enamorado, señora. Un enamorado algo anquilosado…" Al pasar, el jazminero amarillo y el rosal de mayo le derramaron en la nuca una lluvia de gotitas, tan fría que no pudo reprimir un "¡Huy! ¡Huy! ¡Huy!" imprudente. Desde el borde de la terraza contempló a Cransac cerrado y malhumorado, sus dos torres achaparradas bajo sus calados sombreros de tejas. "¡Ah!, mi Cransac… Mi Cransac tan querido…" Avivaba su emoción, pero no experimentó el menor enternecimiento, y se encogió de hombros.
Hay que mencionar que la novela a través del matrimonio nos expone dos maneras de observar el matrimonio o el amor. Por un lado, Michel representa la figura del enamorado que idealiza a su mujer bajo los cánones tradicionales y comunes, es decir, solamente quiere tener una mujer que se ajuste a la forma que la sociedad le había inculcado a él. Por otro lado, Alice representa la figura de una mujer “malvada” bajo los cánones de la tradición, pues se acuesta con otro hombre, Ambrogio y aunque al principio parece ocultarlo, después, cuando su marido descubre las cartas que se escribían entre ellos, no sinte culpabilidad por ello y además, parece que tiene ganas de que su marido supiera la verdad. Alice sabe que su marido está enamorado de ella y es consciente de que le trata “mal” («yo que no pierdo ocasión de criticarle, como si fuera culpa suya el que yo me haya acostado con Ambrogio…»). Alice solamente quiere que su marido no sufra. Alice «acuna la carga mejor y más pesada de su amor» (2010: 19). Todo parece que funciona bien entre la pareja hasta el día en que Michel descubre que su mujer se acostó con Ambrogio, su compañero de negocio. Desde ese momento, Michel recupera su felicidad, pues solamente le tenía cariño a Alice y a nada más. Este no admitía que haya dos maneras de interpretar las cosas. Michel piensa que su mujer tenía que ser una niña pobre por el acto que había cometido. Él le reprochaba a Alice que nunca podrá comprender lo que un hombre amado siente, ni la idea que se forma el hombre de la traición, ni la idea de que el enamorado pueda olvidar o perdonar «una historia de alcoba, una sorpresa de los sentidos» (íbid.:13). Sin embargo, Alice no cree que Michel sepa lo que significa el deseo de la mujer, ni lo que le enorgullece. Alice, incluso en sus sueños, desea liberarse y huir de casa, piensa que de esa manera no pueden vivir (íbid.: 18):
Esto no es vida para nosotros, Michel! ¡No lo es para mí ni para ti! ¡Siento horror a la desgracia, Michel! Pasar las mil y una, consumirse esperando una entrada de dinero, cambiar de oficio, inventar alguno, ambos sabemos bien lo que es eso. Además, desde mi infancia estoy acostumbrada a ello… Pero regodearse en un infortunio sentimental, plantarse en medio de él con aires de importancia: "¡No me jorobéis y que nadie me moleste, pues soy desgraciado!" Vamos, vamos. A fin de cuentas… Todo por una vieja historia de nada…, de nada…
Progresivamente, cuando nos acercamos al final de la obra acontecen más reproches y actos represivos. Por una parte, Michel anula la propuesta de montar la obra de arte Dafflody en L’etoile negociado por Anbrogio, y este acto colma el vaso de la relación. Michel se da cuenta de la realidad que le rodea, la cual no es compatible con su ideal de mujer. Se da cuenta de que todo ha fracasado en su vida: Cransac, su relación de amor y su ideal de amor.
Finalmente, no encuentra la forma de liberarse de esas palabras que se escribían su mujer y Ambrogio («Es increíble, la de porquerías que tres palabras pueden encerrar… Todo ha sido escrito, todo ha sido evocado, pensaron en todo…»). Michel acaba suicidándose al no poder liberarse de los pensamientos que las palabras pueden encerrar. No encuentra otro sentido. Por eso, probablemente uno de los mensajes que Colette quiere transmitir es que es importante observar la realidad en todas sus facetas y en la heterogeneidad de perspectivas y voluptuosidades. Unas meras palabras pueden cambiar el todo a la nada, y frente a este hecho el ser humano debe de relativizar o adaptarse a nuevas perspectivas.
BIBLIOGRAFÍA:
COLETTE, S.G. (2010). Dúo. Buenos Aires: Anagrama
LEGUEN, B. (2007). Colette, la escritura de los sentidos. Revista de Filología Románica, Anejo V, pp.179-186.
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